Pausa
He tenido que acudir a la hemeroteca para comprobar si en agosto del año pasado me había tomado vacaciones o había seguido publicando en esta newsletter. Resulta que sí publiqué, aunque no lo hice dos agostos atrás. Me parece un medidor interesante para recordar en qué años pasé un verano lleno de trabajo y en cuáles me permití un poco más de relajación. Mantener el ritmo de publicación en este espacio significa que las ocupaciones laborales no han podido conmigo. Me temo que, esta vez, no soy yo quien sale victorioso.
Es verdad que algunas de las cosas que ocurrieron el mes anterior desajustaron por completo el calendario que tenía establecido para llegar al mes de agosto con la posibilidad de cogerme unos días de vacaciones absolutas. Vacaciones absolutas, para mí, significa no tener que estar pendiente de nada que tenga que ver con el trabajo. Ni siquiera idear o crear contenido para las redes sociales, ni siquiera pensar en historias que tenga que desarrollar por encargo de terceros. No meto en ese saco los textos que escribo para esta newsletter ni aquellas novelas que escribo por gusto y elección propia.
Sin embargo, la vida tiene la capacidad de competir con fuerza a la hora de trastocar el calendario o la agenda que nos afanamos en ordenar según nuestros intereses. Y, por no culparla solo a ella, también nosotros mismos somos capaces de boicotear nuestros propios planes. En mi caso, el presente boicot proviene de haber aceptado corregir una novela poco menos que incorregible. Reconozco que me falta todavía un sistema para valorar el tiempo aproximado que me puede llevar una corrección; lo habitual es leer las primeras páginas y hacerme una idea del trabajo que exigirá el texto. Claro que, a veces, tras esas primeras páginas aguardan sorpresas inesperadas. Como la de que un autor decida escribir de corrido los diálogos de todos los personajes, sin diferenciarlos de ningún modo, y esquivando el detalle de construir con un mínimo de esmero las diferentes voces para darle así una pista al corrector (o a cualquier lector) sobre a quién pertenece cada parlamento.
Si bien la osadía es del autor, al querer publicar la historia, la responsabilidad es enteramente mía, por aceptar corregirla. He hecho esta labor con más de cien libros distintos, de todos los géneros y temáticas. Me he enfrentado a argumentos inverosímiles y a propuestas que rozaban lo impúdico (y, ojo, provenían tanto de autores autopublicados como de editoriales tradicionales); pero si es cierto que estos aspectos hacían la lectura menos amena, no convertían la corrección en una pesadilla. Una cosa es lo que se cuenta, y otra, cómo se cuenta. Y el trabajo de un corrector es cazar y eliminar las erratas, no juzgar el contenido de la obra.
La cosa es que ahora me toca enfrentar una corrección casi interminable. Más de cuatrocientas páginas de Word llenas de diálogos eternos, que hacen eterno el trabajo. Jamás me había demorado tanto por página. Pasan las horas, miro el reloj, y compruebo con el estómago encogido que solo he avanzado unas pocas páginas. Quizás alguno esté pensando: «Anda, que como el autor de esa obra lea esta newsletter…». Lo desconozco, pero no encontrará en ella nada que no vaya a contarle cuando le envíe la corrección; pidió que, al finalizar, le diese mi opinión personal sobre la obra, y será dada.
Todo esto lo cuento para desahogarme, porque a las duras semanas que llevo con esto le esperarán otras semanas igual de dolorosas. Y es que resulta que no es el único proyecto con el que estoy, claro. Porque ya sabemos cómo operan Murphy y su ley. También está la escritura de una serie en un formato muy peculiar, del que ya hablaré más adelante, y cuyo proceso de escritura estaba siendo de lo más divertido hasta que el rodaje, de un día a otro, se adelantó dos meses. Dos meses recortados de la nada para escribir la serie entera, con la presión de entregar ipso facto los guiones a la productora, que a su vez devolverán los guiones con notas para hacer cambios e incorporar propuestas, y con la certeza de que en un mes se empieza a rodar, y los actores necesitan ya de ya los textos para hacerlos suyos.
Uno aprende a trabajar bajo presión porque no le queda otra. Y reconozco que no se me da del todo mal trabajar con el reloj en contra. Pero, desde luego, no lo disfruto. Corrijo porque encuentro satisfacción en pulir un texto ajeno para que sea su mejor versión, porque leer es una de las actividades que más me encantan. Escribo porque nada se equipara al placer de crear historias, de dar forma a sus personajes y a sus tramas. Pero cuando las condiciones no son todo lo favorables que deberían ser, el entusiasmo decae, y lo que se alza es el hastío. Y entonces me pregunto por qué tenemos tanta facilidad para convertir lo que nos apasiona en algo menos gratificante.
En esa pregunta estaría encerrada, en realidad, la reflexión a la que me gustaría entregarme al escribir este texto. Pero recuerdo que los minutos pasan, y la corrección y los guiones me miran implacables, y entonces desisto. No tengo tiempo para todo. Tampoco fuerzas.
Dicho todo esto, sobreviviré. Entregaré una maraña ininteligible convertida en un texto legible. Escribiré todos los episodios necesarios para que la serie se pueda rodar en las nuevas fechas establecidas, si no sufre nuevos cambios. Pero también dejaré que esta newsletter se tome un descanso durante el mes de agosto. He decidido, mientras escribía esto, que publicaré si durante las próximas semanas encuentro el tiempo y las ganas para hacerlo. Si se cuela en mi vida algún acontecimiento que no me deje más remedio que sentarme a teclear para dar forma a lo que ha supuesto para mí.
Si no tenéis noticias hasta septiembre, no os preocupéis. Estaré entre letras, como de costumbre, solo que un poco más asfixiado de lo normal, de lo ideal. Sé que muchos os tomáis con más relajación la lectura durante el verano, al menos de esta newsletter, y ojalá sea porque dedicáis ese tiempo a leer otros textos o libros. Y si no es así, que sea porque ese tiempo lo invertís en disfrutar de lo que hacéis, y no en sufrir las consecuencias de algún trabajo que exige unas condiciones poco favorables.
Haced cosas que os gusten (yo intentaré aplicarme el mismo cuento, respirar sigue siendo indispensable), dadles una oportunidad a aquellos planes que lleváis tiempo postergando, no sufráis en exceso las temperaturas temibles de esta época. Con suerte, nos veremos en algún momento de agosto por aquí. Sin ella, nos reencontraremos en septiembre, mes de muchos inicios y nuevos propósitos. Tampoco está tan mal.
Como ya sabéis, he iniciado una campaña para lograr que mi novela Tierra yerma sea adaptada a serie audiovisual (y que, con motivo de esta campaña, está libre de gastos de envío en mi web). En tres semanas, han sido más de 800 personas las que han rellenado el formulario simbólico con el que hacer ver a productoras y plataformas audiovisuales que hay un interés por este proyecto.
Si aún no lo has hecho, te dejo el enlace aquí. No te llevará más de dos minutos completarlo, y será una piedra más que logre dar forma al castillo que pretendemos construir. Podremos conseguirlo, si lo hacemos entre todos.
En mi cuenta de Instagram, voy compartiendo contenido sobre esta campaña, con propuestas para que la gente participe y se involucre de verdad en esta aventura. Pronto llegaremos a la fase final, que será cuando haremos llegar los datos a productoras y plataformas. Y toda ayuda es, además de necesaria, bienvenida y agradecida.



Por amor de Dios, a mí me da algo si tengo que leer cuatrocientas páginas sin gustarme el libro. Aunque te voy a decir una cosa, en un momento estaba leyendo un libro y me decía: «venga, venga seguro que mejora… a esta autora la recomiendan mucho… », pero no. El libro eran seiscientas páginas y en la cuatrocientas y pico dije: Hasta aquí, no leo nada más.
Corrige y no te preocupes de nada, nosotros aquí te esperamos.
Un abrazo Paulo.
Feliz agosto, Paulo.
Espero que, al menos, puedas cambiar de paisaje y disfrutar de climas más fresquitos.
Un abrazo