Saber decir adiós
En los últimos textos (que algunos llamáis cartas, otros artículos, y cuyas variantes me encantan) hablé del cierre de mi bar de toda la vida y de la pérdida de mi padre, aunque respecto a esta última, por todo lo que supone, quedan enterradas muchas palabras que quizás nunca llegue a volcar aquí. Hoy me toca hablar del adiós de mi librería de referencia. Un lugar que para mí es más que un espacio donde comprar libros. En él he sido lector, escritor, librero y amigo. Y eso hace muy difícil aceptar que dejará de existir.
Pero como son demasiadas despedidas seguidas (despedidas, además, que ni esperaba ni quería afrontar en los momentos en que han llegado), me he prometido no caer en el derrotismo. No quiero dar forma a algo triste y lacrimógeno; si tiene que caer alguna lágrima, que sea de agradecimiento y satisfacción. Quizás me quede un texto un poco Mr. Wonderful, no lo sé, pero permitid que hoy me aferre al «no llores porque terminó, sonríe porque sucedió».
Amapolas en octubre vio la luz en enero de 2019. Tuve la suerte de cruzar su umbral desde los primeros días, acompañado de mi amiga Sol, que siempre me descubre lugares de los que después no quiero marcharme. Yo era ya un lector avezado, pero me faltaba la figura de una persona que supiese leer en mí, nunca mejor dicho, qué historias necesitaba en cada momento, qué libros me fascinarían, qué autores se convertirían en algunos de mis favoritos. Laura Riñón hizo eso conmigo y con miles de personas más. Al contrario de otras librerías donde uno entra y decide por sí mismo qué quiere llevarse, en Amapolas en octubre los lectores acuden a la sabiduría y buen ojo de Laura. Y no solo de ella. Desde hace unos años, tiene a su lado a Sara, conocida por muchos como Lana. El porqué de este seudónimo, apodo o alter ego está en las páginas de la novela Amapolas en octubre. Porque sí, antes que librería, fue novela; para rizar el rizo de lo literario y lo fantástico, la librería surgió de las páginas de esta historia. Con unos orígenes así, la idea de Laura estaba destinada a ser una realidad mágica.
No sabría contar cuántas veces he estado en la librería. Cuántas horas he pasado en ella, recorriendo sin prisa las mesas de novedades, las estanterías; observando los detalles nuevos que decoraban el espacio de un mes a otro (porque la dueña, quieta, lo que se dice quieta, no sabe estar); asistiendo a las distintas presentaciones, charlas, vinos literarios; formando parte de uno de sus clubes de lectura; siendo testigo de escenas surrealistas, fantasiosas, graciosas, inesperadas. Con el tiempo, a través del amor por la escritura y la ficción, tuve la suerte de convertirme en corrector de algunas de las novelas de la propia Laura. Con el tiempo, también, tuve la oportunidad de ponerme al otro lado del mostrador y aprender de ella y de Lana todo lo que saben de literatura, todo lo que saben de cautivar a alguien para que se decida a llevarse a casa tales o cuales libros.
En poco más de siete años, por Amapolas en octubre han pasado escritores de toda índole. Autores nacionales e internacionales de gran prestigio, que se convierten en un visitante más al cruzar las puertas. Porque ellos se sienten también lectores que acaban de encontrar un refugio inesperado. Bajan la guardia, acomodados en la butaca o el sofá de la entrada; se rinden al entusiasmo y encanto de las libreras; se relajan con una copa de agua o de vino mientras la complicidad crece, sabedores de que allí se encontrarán a gusto. Por eso todos los que pudieron hacerlo han vuelto a la librería. No es raro encontrarse allí con autores de visita, como me pasó a mí hace un par de semanas con Juan Gabriel Vásquez, a quien descubrí gracias a Laura y por quien bebo ahora los vientos literarios, sin que me tiemble el pulso al afirmar que, algún día no muy lejano, su nombre empezará a sonar en la candidatura del Nobel.
Pero no solo de grandes nombres se componen los estantes y los eventos de Amapolas en octubre (nótese que hablo en presente, porque me resisto aún a pensar que ya no habrá más eventos, que las estanterías han empezado a quedarse vacías). Si algo ha hecho Laura durante estos años, en el hogar que construyó para ella y para una infinidad de amantes de la lectura, es acoger a muchas editoriales independientes. Aquí descubrí el trabajo y el catálogo de editoriales como Dirty Works, De Conatus, Muñeca Infinita o Ediciones Invisibles, y reafirmé mi vínculo con otras como Impedimenta, Sexto Piso, Nórdica o Acantilado.
La semana pasada, los miles de seguidores de la cuenta de la librería en Instagram nos encontramos con una publicación que quisimos tomarnos como una broma un poco macabra. Pero Laura no suele hacer ese tipo de bromas. En ella, anunciaba el cierre de la librería, el final de una etapa, el 26 de julio. Lo primero que hice fue tratar de asimilar esta información, pero como no pude, llamé a Laura. No hubo al otro lado de la línea una voz consumida por la tristeza, por la pena de poner fin al proyecto con el que había soñado tanto tiempo y que había logrado hacer realidad. Era una voz dispuesta a celebrar por todo lo conseguido, por todo lo creado. Y con una mirada entusiasta puesta en el futuro.
Las pérdidas de estos últimos meses, los vacíos que dejan, me han hecho pensar; quizás demasiado, algo que, en lugar de facilitar, dificulta un poco el intento de poner todo en orden. Creo que hay una tentación muy humana, y es la de medir las cosas por cómo terminan. De dejar que el último capítulo contamine todos los anteriores. Cuando alguien se va, cuando un lugar cierra para siempre o cuando una etapa llega a su fin, en un primer momento la ausencia ocupa tanto espacio que parece borrar todo lo demás. Sin embargo, la mejor forma de honrar aquello que perdemos es no permitir que el final tenga la última palabra.
Una librería no es solo el día en que baja el telón. Es todas las tardes en las que nos recibió con el olor de los libros nuevos, las conversaciones y amistades (probables e improbables, he ahí la magia) que nacieron entre sus estanterías, las historias que nos llevamos a casa y las versiones de nosotros mismos que fueron cambiando gracias a ellas. Igual que una persona no es el día de su muerte, sino todos los días en que estuvo viva para quienes la quisieron, el impacto mayor o menor que dejó en otros.
Puede que la gratitud sea eso: negarse a que la ausencia sea más importante que la presencia que la hizo posible. Entender que el dolor de una despedida habla, en realidad, de la suerte inmensa que tuvimos de coincidir, de ser parte de ello. Al fin y al cabo, la vida siempre estará hecha de cosas que terminan. Pero esas cosas, incluso después de terminar, siguen dejando algo dentro de nosotros. Nunca se irán del todo.
Como ya sabéis, he iniciado una campaña para lograr que mi novela Tierra yerma sea adaptada a serie audiovisual. En una semana, han sido más de 600 personas las que han rellenado el formulario simbólico con el que hacer ver a productoras y plataformas audiovisuales que hay un interés por este proyecto.
Si aún no lo has hecho, te dejo el enlace aquí. No te llevará más de dos minutos completarlo, y será una piedra más que logre dar forma al castillo que pretendemos construir. Podremos conseguirlo, si lo hacemos entre todos.
En mi cuenta de Instagram, voy compartiendo contenido sobre esta campaña, con propuestas para que la gente participe y se involucre de verdad en esta aventura. Pronto llegaremos a la fase final, que será cuando haremos llegar los datos a productoras y plataformas. Y toda ayuda es, además de necesaria, bienvenida y agradecida.



No conozco la librería, ya me vale.
Qué pena llegar tarde, quizás me pase en estos últimos días.
Un abrazo fuerte y gracias por esta entrada, siempre eres muy personal pero estas últimas más y se agradece leer material así, sobre todo en estos días que las redes son todo clickbaits/IA/cripto-cristo-bros. Devuelve la fe en la humanidad... o al menos en algún humano.
Todos nos quedamos un poco huérfanos sin Amapolas, pero cada persona tiene que ir donde la vida le lleve