Hacer las paces
Voy a hacer una suposición. Casi todos, si nos damos un poco de tiempo, podemos señalar alguna versión pasada de nosotros mismos que nos incomoda. Una etapa en la que dijimos cosas que hoy no se nos ocurriría defender ni con la boca pequeña. Decisiones que ahora nos parecen ingenuas, torpes o directamente equivocadas. Gestos que, vistos desde el presente, nos provocan una mezcla de vergüenza y distancia, como si pertenecieran a otra persona.
Y, en cierto modo, lo hacen. Con el paso del tiempo, cambiamos de mirada, de prioridades, de límites. Aprendemos, a veces a golpes, cosas que antes no sabíamos. Y desde ese nuevo lugar es sencillo mirar atrás con dureza. Juzgar al que fuimos con la severidad de quien ya conoce el final de la historia. Pero hay también algo injusto en ese gesto.
Las versiones pasadas de nosotros mismos no contaban con la información que hoy tenemos, no habían vivido lo que ahora nos sostiene. Actuaban con las herramientas disponibles en ese momento, con la madurez que habían alcanzado, con los miedos, las urgencias y los deseos que entonces parecían legítimos. Pedirles que hubieran sabido más es olvidar el contexto en el que existieron.
A veces hablamos de nuestro yo del pasado como si fuese un error que hubo que corregir. Como una fase desafortunada que conviene superar, enterrar o ridiculizar. Nos decimos: «qué ingenuo era», «cómo pude permitir aquello». Sin darnos apenas cuenta, construimos una relación de desprecio con una parte de nuestra propia historia.
El problema es que no se puede avanzar del todo bien cuando se camina renegando de lo vivido. Convivir con quienes fuimos no significa justificarlo todo ni idealizarlo. No se trata de negar errores ni de romantizar el sufrimiento. Tiene que ver, más bien, con reconocer que cada versión nuestra fue, a su manera, la respuesta que pudimos dar a lo que estaba ocurriendo entonces. Las propias decisiones equivocadas suelen nacer de una necesidad real: la de pertenecer, la de protegerse, la de sobrevivir, la de querer.
Me parece humano poder aceptar que hicimos lo que pudimos con lo que teníamos. Puede que crecer no consista en borrar al yo anterior, sino en integrarlo. En mirarlo con una mezcla de comprensión y distancia. No necesariamente exculpándolo, sino entendiendo las circunstancias que nos hacían ser lo que ya no somos. Podemos incluso agradecerle el papel jugado para llegar hasta aquí, aunque el camino no fuese del todo limpio ni del todo recto. Porque sin esa persona, con sus miedos, sus errores, sus intentos torpes, no existiría quien somos ahora.
El rechazo hacia nuestro pasado puede ser también miedo. Miedo a reconocer que seguimos siendo vulnerables, que todavía nos equivocamos, que en ocasiones no estamos tan lejos de aquellas versiones como nos gustaría pensar. Despreciar al que fuimos puede ser una forma de tranquilizarnos, un poco convincente «yo ya no soy así». Pero la identidad no funciona como un corte limpio, sino como una acumulación de capas. Somos la suma de todas ellas.
Quizá aprender a convivir con nuestras versiones pasadas sea un acto de cuidado. Un gesto íntimo de reconciliación. Dejar de hablarnos con crueldad cuando pensamos en lo que fuimos. Sustituir el reproche por una pregunta más amable: «¿qué necesitaba entonces?», o «¿qué puedo hacer ahora para ser una mejor versión?».
A fin de cuentas, nadie llega a ser quien es sin haber sido antes muchas cosas imperfectas. Y mirarnos con respeto, incluso en la memoria, puede ser una de las formas más afortunadas de madurar.
Las ventanas sin rejas, mi última novela, sigue en busca de nuevos lectores, de nuevas miradas que la complementen. Haciendo clic sobre estas palabras, podréis leer la sinopsis y comprar un ejemplar. O dos o más, en cuyo caso los gastos de envío serán totalmente gratis. También está disponible en versión digital, podéis empezar a leerla aquí. Gracias a todos los que ya habéis apostado por ella. Por vuestro tiempo, por vuestra mirada, por vuestros mensajes, por vuestras reseñas.



Qué bonita reflexión Paulo. Equivocarse no es sólo de humanos, como dice el refrán, también es de personas, de buenas personas me atrevería a decir en muchos casos, porque eso es en lo que nos convierte a veces errar, en entender, reflexionar y ver las cosas de otra manera. De una mejor manera.
Gracias Paulo. Feliz semana.
Hubo un tiempo en el que me arrepentí mucho de haber tomado una mala decisión. Tan mala fue que me hizo perder todo lo que había conseguido con mi esfuerzo y acabé cayendo en un pozo oscuro del que pensé que nunca iba a salir. Entiendo perfectamente lo que dices porque incluso ahora después de todo lo malo casi que volvería a tomarla, de otra manera no estaría donde estoy. Lo que ocurre es que en el momento malo, las cosas se ven distintas y uno no es consciente de que quizá tiene que cruzar esa muralla para crecer interiormente 🤷🏼♀️🤣.
Un abrazo Paulo.